lunes, 16 de noviembre de 2020

Light of the Jedi - Capítulo Tres

La página oficial de Penguin Randomhouse ha publicado un extracto extendido de los primeros 8 capítulos de la novela Light of the Jedi, de Charles Soule, la cual inicia el proyecto multimedia The High Republic. Ya hemos traducido el primer capítulo y el segundo capítulo.

 


CAPÍTULO TRES

CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME

2 horas para el impacto.

"¿Es esto real?" preguntó el Ministro Ecka cuando comenzaron a sonar las alarmas en su oficina, consistentes, insistentes, imposibles de ignorar. Lo que, suponía, era su objetivo.

"Eso parece," respondió el Consejero Daan, ajustando un rizo de su cabello detrás de su oreja. "La alerta se originó en una estación de monitoreo en la orilla externa del sistema. Viene con el nivel de prioridad más alto, y está dirigida a todo el sistema. Cada computadora ligada al procesador principal está sonando la misma alarma."

"¿Pero qué lo ha causado?," preguntó el ministro. "¿No incluía algún mensaje?"

"No," replicó Daan. "Hemos intentado solicitar una explicación, pero no ha habido respuesta. Creemos.. que la estación de monitoreo fue destruida."

El Ministro Ecka pensó por un momento. Giró su silla para dar la espalda a sus consejeros, la vieja madera crujía un poco bajo su peso. Miró hacia el amplio ventanal que conformaba la pared detrás de su escritorio. Lo que podía ver eran los campos dorados de Hetzal, hasta el horizonte. El mundo, todo el sistema realmente, creía en usar cada espacio disponible para hacer crecer, crear y cultivar. Los edificios tenían cultivos en sus techos, los ríos y lagos se usaban para hacer crecer algas y helechos benéficos, las torres tenían terrazas, de donde colgaban vides de frutos que crecían a los lados. Los droides cosechadores flotaban por encima, recolectando frutas maduras, cuando era temporada. En este momento era temporada de fruta de miel, moras del rey, y melones de hielo. El próximo mes sería otra cosa. En Hetzal, siempre era temporada de algo.

Amaba esta vista. Creía que era la más pacífica de la galaxia. Todo era tan pacífico. Productivo y correcto.

Ahora, con las alarmas sonando en sus oídos, no lo parecía tanto. Todo se veía tan... frágil.

"Algo está sucediendo allá afuera," dijo alguien, una consejera Devaronian llamada Zaffa.

Ecka la conocía desde hacía tiempo, y era la primera vez que la había visto preocupada por algo. Estaba mirando con el cejo fruncido hacia una pantalla.

"Una plataforma minera en el sistema medio acaba de desaparecer," dijo Zaffa. "La red satelital está comenzando a mostrar huecos, también. Es como si algo estuviera haciendo desaparecer nuestras instalaciones, una por una."

"¿Y aún no tenemos imágenes? Es una locura," declaró Ecka.

Apuntó a su jefe de seguridad, un corpulento humano de media edad.

"Borta, ¿por qué no sabe su gente qué está pasando?"

Borta frunció el cejo. "Ministro, con todo respeto, usted sabe porqué. Sus cortes presupuestales recientes redujeron la división de seguridad de Hetzal a una décima parte de su tamaño original. Estamos trabajando en ello, pero no tenemos mucho que ofrecer."

"¿Es una anomalía natural? No puede ser... no estamos bajo ataque, ¿verdad?"

"En este momento, no lo sabemos. Lo que está pasando es consistente con algún tipo de infiltración enemiga, pero no estamos registrando señales de motores, y los lugares afectados son totalmente aleatorios. Aún tenemos unas cuantas estaciones orbitales de defensa, pero están intactas. Si es un ataque, ya deberían estar atacando nuestra capacidad de respuesta de combate, pero no lo han hecho."

La alarma sonó de nuevo, y Ecka dio la vuelta en su silla apuntando al consejero Daan, quien se encogió.

"¿Podría apagar esa maldita alarma? ¡No me deja pensar!"

Daan se levantó, enderezándose y apretó un control en su pantalla. La alarma afortunadamente fue silenciada.

Otro consejero habló, un hombre delgado de pelo rojizo y piel extremadamente pálida, Keven Tarr. El Ministerio de Tecnología lo había enviado. Ecka no tenía mucho uso para cualquier tecnología que no estuviera relacionada con el campo agrícola. En su corazón, seguía siendo un granjero, pero sabía que Tarr era considerado muy listo. Probablemente no tardaría hasta que el tipo consiguiera un mejor trabajo en una parte sofisticada de la galaxia. Era lo normal en mundos como Hetzal. No todos se quedaban.

"Creo que puedo mostrarle lo que está pasando, Ministro," dijo Tarr.

El tipo tenía los dedos muy largos para un humano, y bailaban sobre su datapad.

"Voy a transferir los datos al droide, y podrá proyectar la información para que todos la podamos ver."

Tecleó unos cuantos comandos más, entonces desenrolló un cable de conexión de su datapad y lo conectó al puerto de acceso del droide hexagonal de comunicaciones que esperaba en la esquina de la habitación. Caminó al frente y su único ojo verde se encendió mientras se movía.

De ese ojo, la máquina proyectó una imagen en la enorme pared de la oficina del ministro reservada para ese propósito. Normalmente, las presentaciones en la videopared tendrían que ver con estadísticas de cultivos o programas de erradicación de pestes. Ahora, en cambio, mostraba todo el sistema Hetzal, todos sus mundos y estaciones, satélites, plataformas y naves.

Y algo más.

Para el Ministro Ecka, parecía como si un campo estuviera invadido por un enjambre de insectos que lo consumían todo. Cientos de pequeñas luces se movían a través del sistema a lo que parecía ser una increíble velocidad, todos en la misma dirección: hacia el sol. Más en concreto, hacia el planeta. Hacia Hetzal Prime y las Lunas Afrutada y Enraizada, sin mencionar todas las estaciones, satélites, plataformas, naves... muchas de las cuales tenían personas a bordo.

"¿Qué son?" preguntó.

"No sabemos," respondió Tarr. "Obtuve esta imagen enlazando señales de los satélites y estaciones de monitoreo que sobreviven, pero están desapareciendo rápidamente y estamos perdiendo capacidad de sensores. Lo que sean estas anomalías, se mueven a casi la velocidad de la luz, y es difícil rastrearlas. Y por supuesto, cada que golpean algo, es.."

"Algo nada bueno," terminó la frase el General Borta. 

"Apocalíptico, iba a decir," dijo Tarr. "Estoy rastreando un gran número de trayectorias que impactarán con el mundo principal."

"¿No hay nada que podamos hacer?" dijo Ecka mirado a Borta. "¿Podemos... derribarlas?"

Borta le echó una mirada sin esperanza. "En algún punto, tal vez tuvimos esa oportunidad. Al menos algunas. Pero la defensa planetaria no ha sido nuestra prioridad... en mucho tiempo."

La acusación flotó en el aire, pero Ecka no se arrepintió. Había tomado decisiones que parecían correctas en su momento, con la mejor información que tenía a su alcance. ¡Estaban en paz! Todo estaba en paz. ¿Por qué gastar dinero que podía servir para ayudar a la gente en otras formas? En cualquier caso, no había forma de mirar atrás. Era tiempo de tomar otra decisión. La mejor que podía tomar.

No dudó. Cuando los cultivos se incendiaban, no podías vacilar. Sin importar lo malas que estuvieran las cosas, mientras más esperabas, peor se podían poner.

"Da la orden de evacuación. En todo el sistema. Manda un mensaje a Coruscant. Hazles saber lo que está pasando. No podrán mandar alguien que llegue a tiempo, pero al menos sabrán."

La consejera Zaffa lo miró, sus ojos llorosos.

"No se si podamos ejecutar esa orden de manera eficiente, Ministro," dijo. "No tenemos las suficientes naves como para una evacuación planetaria, y si estas cosas realmente se mueven a la velocidad de la luz, no tendremos mucho tiempo hasta que..."

"Lo comprendo, Consejera Zaffa," dijo Ecka, su voz firme. "Pero incluso si logramos salvar a una persona, esa persona debe ser salvada."

Zaffa asintió y tecleó en su pantalla.

"Está hecho," dijo. "La evacuación total del sistema está en progreso."

El grupo continuó mirando la proyección en la pared, donde cada vez se incrementaban las ráfagas de estática. La red de Tarr estaba perdiendo capacidad al tiempo que más satélites encontraban su incendiario fin, pero el mensaje estaba claro. Era como si hubieran disparado una enorme escopeta hacia el sistema Hetzal, y no había nada que pudieran hacer para salvarse.

"Todos deberían tratar de encontrar una manera de abandonar el planeta," dijo Ecka. "Me imagino que las naves que tenemos se llenarán rápidamente."

Nadie se movió.

"¿Qué hará usted, Ministro?" preguntó el consejero Daan.

Ecka giró de nuevo hacia su ventana, mirando los campos dorados hasta el horizonte. Era todo tan pacífico. Era imposible que algo malo pudiera suceder aquí.

"Creo que me quedaré aquí," dijo. "Transmitiré en vivo a la gente, trataré de mantenerlos calmados. Alguien tiene que cuidar de la cosecha."

Por todo el planeta de Hetzal Prime, y las enormes llanuras de sus lunas habitadas, el mensaje del Ministro Ecka viajó rápidamente, apareciendo en datapads y holopantallas, transmitido en todos los canales de comunicación, diciendo en esencia: Nadie está a salvo. Aléjense lo más pronto posible.

La explicación era muy breve, lo cual causó especulaciones. ¿Qué sucedía? ¿Alguna clase de accidente? ¿Qué desastre podría ser tan grande que un sistema completo tuviera que ser evacuado?

Mucha gente ignoró la advertencia. Habían ocurrido falsas alarmas antes, y a veces los atacantes de redes habían hecho bromas penetrando los sistemas de alertas de emergencia. Cierto, nunca había sido nada en esta escala, pero realmente, eso hacía que todo fuera más fácil de ignorar. Después de todo, ¿el sistema entero estaba en peligro? No había forma de que fuera posible.

La gente se quedó en sus hogares, en sus lugares de trabajo. Apagaron sus pantallas y siguieron con sus vidas porque era mejor que pensar en la alternativa. Y si miraban al cielo de vez en cuando y veían como naves se alejaban.. simplemente se decían a sí mismos que la gente en esas naves eran tontos asustadizos.

Otros, en todos lados, se paralizaron. Querían sentirse seguros pero no sabían cómo. No todos tenían forma de abandonar los mundos. De hecho, la mayoría no tenía cómo. Hetzal era un sistema lleno de granjeros, gente que vivía cerca de la tierra. Si llegaban a viajar a otros lados de la República, era en ocasiones especiales, experiencias que solo tenían una vez en su vida. Ahora, cuando les decían que tenían que irse al espacio casi al instante... ¿cómo? ¿Cómo podrían hacer eso?

Pero alguna gente en Hetzal tenía naves, o vivían en las ciudades donde el viaje espacial era más común. Juntaron a sus familias, reunieron sus tesoros y corrieron hacia los espaciopuertos, esperando ser los primeros en llegar, los primeros en comprar sus pasajes. Inevitablemente, no era así. Los esperaban multitudes, filas interminables, precios que subían a niveles que solo los más ricos podían pagar, gracias a oportunistas sin escrúpulos. La tensión surgió. Hubo peleas, y aunque Hetzal tenía una fuerza de seguridad para calmar las cosas, los mismos oficiales miraban al cielo y se preguntaban si convenía pasar sus últimos momentos de vida ayudando a otros a ponerse a salvo. Un final noble, pero, ¿deseable? Los oficiales de seguridad también eran personas, con familias propias.

El orden comenzó a romperse.

En la Luna Enraizada, un amable comerciante decidió abrir las puertas de la nave que usaba para transportar los comestibles de la luna hacia los voraces mundos del Anillo Exterior. Ofreció todo el espacio disponible, y aunque su piloto le recordó que la nave era vieja, y que los motores habían visto mejores tiempos, no le importó. Era un momento de ser magnánimo y dar esperanza, y por La Luz, salvaría a todos los que pudiera.

La nave, llevando a 582 personas, incluyendo al comerciante y su propia familia, logró despegar de la pista de aterrizaje, cuando el piloto forzó al máximo los motores. Solo necesitaban escapar de la gravedad de la luna. Una vez que estuvieran en el espacio, todo sería mucho más fácil. Podrían escapar y ponerse a salvo.

La nave logró ascender un kilómetro antes de que los motores explotaran. La lluvia de fuego cayó sobre aquellos que se habían quedado debajo, quienes ahora no sabían si habían sido afortunados o no, considerando que no sabían lo que les esperaba. El mensaje del Ministro Ecka no lo decía.

Una variante del mensaje enviado desde Hetzal hacia otros sistemas o naves que pudieran escucharlo> Estamos en un problema desesperado. Manden ayuda si pueden.

Fue captado por receptores en otros mundos del Anillo Exterior: Ab Dalis, Mon Cala, Eriadu y muchos más, esparciéndose por el sistema de enlaces de la República hacia el interior de la misma, hacia los planetas de los Anillos Medio e Interior, la región de las Colonias y hasta el fulgurante Centro. Virtualmente todos los que lo recibieron querían hacer algo para ayudar, pero ¿qué? No estaba claro si lo que pasaba en Hetzal habría terminado cuando la ayuda pudiera llegar.

Pero aún así salieron naves en camino, la mayoría naves médicas, con la esperanza de que pudieran ofrecer tratamiento a los ciudadanos heridos en Hetzal.

Si es que alguno sobrevivía.

"Acudan a las instalaciones de transporte," dijo el Ministro Ecka a un droide cámara que grababa sus palabras e imagen, transmitiéndolas a todo el sistema. "Mandaremos naves para recoger a los que no tengan forma de escapar del planeta. Tomará tiempo, pero manténganse en calma y en paz. Tienen mi palabra, iremos por ustedes. Todos somos de la misma cosecha. De buena cepa. Sobreviviremos ésto de la forma en que hemos sobrevivido inviernos duros y veranos secos, ayudándonos entre todos.

"Todos somos Hetzal. Todos somos la República," dijo.

Levantó la mano y el droide cámara dejó de transmitir. Este era el cuarto mensaje que había enviado desde que comenzó la emergencia, y esperaba que sus comunicaciones fueran de utilidad. Los reportes sugerían que no era así, habían comenzado los alborotos en los espaciopuertos de los tres lugares habitados, pero ¿qué más podía hacer? Mandaba sus mensajes desde su oficina en Ciudad Aguirre, demostrando que no había abandonado a su gente aunque podía haberlo hecho. Una muestra de solidaridad. No era mucho, pero era algo.

A su alrededor, el resto de su equipo coordinaba sus propios intentos de ayudar en la medida de lo posible. El General Borta trabajaba con su escasa flota de seguridad para mantener el orden y evacuar a la gente de los planetas. Con la ayuda del Consejero Daan, habían organizado un conjunto de enormes cargueros de abarrotes, los cuales habían sido ordenados a tirar su carga en el espacio para acomodar a los refugiados. Cada uno podría albergar a cientos de personas. No de manera cómoda, por supuesto, pero no era una situación donde importara el confort.

Las naves más pequeñas transportaban a los Hetzalianos hacia las enormes naves de transporte, descargando gente y corriendo de regreso a recoger más. Era un sistema imperfecto, pero era lo que habían podido organizar al momento. No existía un plan para una contingencia como ésta.

El Ministro Ecka se echaba la culpa de ello, ¿pero cómo hubiera podido saber? Esto no debería pasar. Era imposible, fuera lo que fuera. Después de todo, él era solo un granjero, y...

No, pensó, avergonzado de sí mismo. Era el Ministro Zeffren Ecka, líder de todo el maldito sistema. No importaba si no había podido anticipar este desastre, estaba sucediendo, y tenía que hacer lo que pudiera para ayudar.

Mientras consideraba, miró a Keven Tarr, quien no había dejado de monitorear su pequeña red, tratando de mantener el flujo de información. El joven estaba trabajando en tres datapads separados y un conjunto de droides de comunicaciones proyectaban varias gráficas en las paredes, mostrando la mayor cantidad posible de datos acerca del alcance del desastre que continuaba en el sistema. Aún no tenía respuestas reales, excepto confirmar que Hetzal seguía siendo atacado por lo que fuera que estaba viajando en el sistema. Los satélites, estaciones, plataformas, ... eran aplastadas por la tormenta mortal que había llegado. Era como las moscas comedoras que solían plagar la Luna Afrutada hasta que fueron eliminadas genéticamente.

Si llegaba el enjambre, no había nada que pudieras hacer. Te agachabas, sobrevivías y volvías a segar tus campos cuando se hubieran ido.

Ecka miró a Keven Tarr limpiarse el sudor de los ojos, mirar a su datapad principal, la que tenía en la pequeña mesa que había improvisado como escritorio.

Los ojos de Tarr se abrieron y sus dedos se congelaron sobre la pantalla.

"Ministro," dijo. "Estoy... estoy recibiendo una señal."

"¿Qué señal?" dijo Ecka.

"Yo... yo le mostraré," dijo Tarr, con un tono extraño en su voz, como de sorpresa, de algo inesperado.

Las palabras tronaron en el aire, al tiempo que uno de los droides de comunicaciones transmitía el mensaje a todos en la oficina del Ministro Ecka. La voz de una mujer. Solo unas cuantas palabras, pero lo que acarreaban, si... era lo que más necesitaban en ese instante. 

"Soy la Maestra Jedi Avar Kriss. La ayuda va en camino."

Esa simple cosa.

Esperanza.


Escrito por Charles Soule.

Traducido por Mario A. Escamilla

Original de: Light of the Jedi Extended Extract.

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